Los 7 pecados capitales: la soberbia, la ira, la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza y la envidia, (analizados en la “Summa Teológica” de Sto. Tomás de Aquino), fueron enunciados como una manera de regular las relaciones humanas en una sociedad que iba saliendo del Teocentrismo para dar paso al antropocentrismo.
Había que poner límites al desenfrenado y explosivo crecimiento del “ego” del hombre que, de sentirse un ser insignificante ante la grandeza de Dios,(reflejada en los enormes templos medievales), pasó a creerse el centro de un universo nuevo y desconocido.
Un largo camino recorrió hasta llegar aquí, a este mundo contemporáneo signado por la globalización, que impone el egoísmo y el individualismo a ultranza, donde “todo vale” en la despiadada competencia por llegar a tener o llegar al poder, que parecen ser los únicos objetivos claros del homo-capitalista.
Precisamente a la vera de ese camino quedan “los otros”, los desplazados, que no representan más que un obstáculo para avanzar o para llegar a nuestro objetivo, y por eso se justifica cualquier cosa que hagamos para superarlos o para suprimirlos, privilegiando nuestros intereses. De estas actitudes nace lo que el filosofo Enrique Valiente Noalles considera “la violencia autista” esa que no reconoce al otro, y que quiere lograr con esa ignorancia, que la responsabilidad se diluya, que parezca que no existe.
Así surgen actos de violencia y crueldad inusitadas, como la de las adolescentes que tajean la cara de una compañera con una trincheta “por ser bonita”; o como la del delirante de Bush, que decide, a gran escala, por la vida o la muerte de millones de personas que en medio oriente se van cada noche a dormir o a sus trabajos sin saber si al siguiente amanecer su vida habrá terminado porque el Gran Vecino del Norte (inspirado por ese buen Dios al que George tanto invoca), dispuso un bombardeo sobre la ciudad, el hospital, la escuela o el centro de refugiados donde se encuentra.
Sin ir a límites extremos observemos la cotidiana crueldad que representa por ejemplo, la ostentación de los que más tienen, que exhiben impúdicamente ante los excluidos, el fruto de esa desigualdad que supimos conseguir con la implantación del capitalismo salvaje.
¿Cómo encontrar el ovillo de Ariadna que nos ayude a salir de este laberinto en que nos encierra la injusticia y la crueldad humana?
Quizás la solución sea la que planteaba José Ingenieros allá por la década del ’20, cuando decía que “Combatir la injusticia es la manera más eficaz de capacitar a los hombres para el bien” y sostenía que hay que difundir una nueva educación moral que despierte en los jóvenes esas fuerzas morales que ellos tienen latentes.
Apostemos a esta nueva generación, difundiendo y predicándoles con el ejemplo los valores necesarios para salir de este monstruoso laberinto.
Gabriela Villada
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